Ya hacia el final de la guerra, algunos expatriados comenzaban a llegar al pequeño pueblo de frontera y preguntando a los conocidos, se logró saber la última localización del padre, pero nadie lo había visto en las reuniones de agrupación cuando se decidían a regresar.
Ella era una muchacha inteligente, había cursado hasta el quinto grado con excelente rendimiento y esto era algo fuera de lo común en la zona para esa época. La madre, Lucia, una mujer con temple y muy práctica decidió que alguien debía ir a Francia a buscar al padre. Carlo, de 52 años de edad era alto y fuerte, trabajando como maestro de obras tenía un físico resistente y seguramente estaba vivo, ella lo sentía en sus entrañas. Su madre fue una gitana española que la dejó aún no habiendo cumplidos los 7 años, pero ella siempre sintió que podía presentir cosas que otros ni imaginaban.
No había mucho que escoger, Evelina, la mayor era poco inteligente y estaba comprometida con un campesino del Veneto tan bruto como ella, tal para cual. Giovanna había tenido meningitis y requería muchos cuidados, pero la tercera, Marina, su joya, era la indicada. La llevó a Milano a sacarse un retrato con su ropa nueva, un abrigo suave y cálido para el clima hostil que le esperaba en el viaje y un medallón con la fotografía de Carlo en su interior, para poder buscarlo más fácilmente. Todo esto facilitado por su padre, dueño de una famosa pastelería en la Galería de Milano. Él no podía reconocerla como hija de su aventura con la gitana, porque tenía una familia respetable, pero siempre la ayudó y en su mesa navideña nunca faltó la cesta con golosinas y panettone para las fiestas.
Marina estaba lista para emprender el viaje al comenzar la primavera, cuando las familias comenzaban a volver a Francia para el trabajo. Ya todo estaba arreglado y ella sabía que todo iba a salir bien.


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